Nos sobran los teóricos de la Revolución

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Giré la llave de la ducha y comenzó a caerme la esperanza, como con cuenta gotas, cuando ya ni recordaba la lengua de mi madre, paralizada como vivía, encerrada sin caminar.

Eran pocos los sonidos, “bronquidos”, los que hacía servir para comunicarme con mis perros, pájaros y caracoles; ellos eran mi única familia. Desde lo profundo de mi los llamaba. Y los amaba.

Todas las mañanas les abría las ventanas para que marcharan del laberinto, la maleza había complicado los caminos de estar por casa y lo más sencillo era saltar al exterior, de cabeza; algunos se habían ido de mi lado definitivamente, y muchos se perdían y regresaban, trepando por las paredes en busca de comida: gusanos, saltamontes, ratas… Así es como yo me entretenía.

Observándolos, contándolos, nombrándolos, reconociéndolos. Admiraba sus juegos y sus atrevimientos e imaginaba sus otros caminos, sus otras casas, sus otras compañías, y a veces sentía celos. También los veía morir en el intento, inevitablemente, hasta la semana pasada.

Una única llave de hierro oxidada, pesada, colgada en una percha dentro del armario del cuarto de baño, era la única que abría la puerta de la sala que daba a la calle.

No sé qué día desapareció.

Cerré todo a cal y canto, me entró el pánico y comencé a sospechar de cada uno de ellos: alguien de la familia me la había robado! pero sin poder estar segura de si él, “el ladrón”, seguiría aún dentro, cerca, probablemente no, ni de sus macabras intenciones, barrí varias veces y limpié las paredes, corté los tallos, seguí rastros pegajosos entre las hojas, abrí cañerías, traté de recordar los movimientos de entrada y salida, las defunciones… todo sin éxito.

Los “bronquidos” se transformaron en gritos de guerra, de repente, mis capacidades comenzaron a crecer desde las raíces del jardín, y con mis ramas me preparé, con todas las armas que había fabricado para un posible asalto, dejé postergado el interrogatorio; el castigo colectivo sería el encierro y yo me asfixiaría con las ventanas cerradas.

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