PLACERES DE UNA VIDA TRANQUILA

LA SIESTA

LAS HORAS DE LA SIESTA

Un día cualquiera-4

Las horas de la siesta, mis recuerdos lejos, tu sueño y la lectura.

Cierro las ventanas y corro las cortinas, y así nos protejo de la luz, del calor sofocante, de la humedad de las lluvias, del ruido de las máquinas, del trajín transitar casa-esquina-taller de la familia y de los empleados de la imprenta, del ladrido de los perros, doy la bienvenida al dormitorio de la abuela, a La Negra y al Tóner que se suben a la cama con nosotros, Lucas se queda afuera.

Nos aíslo en un espacio-tiempo de paz, calma y descanso, generalmente antes de la comida porque el Yaan bebé llega cansado de la guardería. Enciendo el ventilador en su primera posición oscilante, y el clima a veinticuatro grados; así nos vamos recuperando del caminar desde la escuela cruzando de sombra en sombra, a las dos de la tarde, poco a poco, mientras nos desvestimos y la habitación se enfría. ¿Hasta cuándo este infierno?

Recobramos el control de nuestros cuerpos y dejamos de sudar, nos descalzamos: mis pies hinchados me dejan ver las huellas de las chanclas y tu olor cerrado a calcetines y zapatillas de deportes es liberado ante nuestras narices, entre nuestros olfatos. El aire frío consigue espantar los moscos de nuestras cabezas y tobillos, respiramos hondo con entera satisfacción: Recién llegados al paraíso!

Cuatro somos, pues, los que vamos a compartir el lecho; cada cual ya sabe su posición arriba y abajo, dentro y fuera, a estas jodidas horas, en la Casa Morada. Territorio planta baja pertenece a las manchas color café, por acuerdo después de la Segunda Pelea por la dominación del Territorio. Las cortinas ondean por la falsa brisa de la máquina con aspas: a dos calles de la playa no se mueve ni un pelo. Me unto harina entre mis pliegues, sobre todo entre mis mamas crecidas. Tu pito está rozado, casi permanentemente, como tu culo que parece el de un mandril, plagados como estamos de granitos y heridas varias, nos embadurnamos; no sin antes poner una toalla para custodiar las sábanas de la cama de tu yaya, que están llenas de pelos de perros, a pesar del protector, pues como tú, ellos tampoco me hacen ni caso, y se tumban-estiran donde quieren.

Te explico lo de hacer pis en el orinal, te meas de la risa encima de mí, y no paras de saltar por encima de los cuerpos de tus hermanos, molestando el comienzo de su siesta, ellos ya cierran los ojos…Para poder dormir hay que cerrar los ojos, ¿recuerdas?…Pero tú estás tirándolo todo a tu alrededor, festejando este pequeño invierno veracruzano: abalorios, conchitas, monedas; abres y cierras el closet, y sacas la ropa y la esparces, y la estiras y la arrugas, corres alrededor de la cama para que te persiga, hasta agotarme. Entonces respiras hondo, me señalas tus pies, encoges el labio inferior, me coges de las manos y me las guías para hacerte caricias por tu tripa, por tus genitales, nos acariciamos las uñas, las plantas, los codos, nos besamos las palmas y cruzamos nuestros dedos hasta quedarte exhausto. Al fin, caído, te repaso el flequillo desigual y te tapo el culo con la toalla, para dejarlo respirar por unas horas.

Comienzo entonces con un párrafo olvidado en alguno de los libros de la mesilla de noche.

Son los que leo mientras tus sueños, y mis recuerdos a lo lejos.

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